Algunas experiencias de la infancia pueden terminar hace muchos años y, sin embargo, seguir influyendo en nuestra vida adulta.
Quizá te cuesta confiar en otras personas. Puede que tengas miedo al rechazo, necesites controlar algunas situaciones o seas especialmente duro contigo mismo.
En otros casos, aparece una sensación difícil de explicar: sabes que tu vida actual es diferente, pero determinadas situaciones siguen activando respuestas muy intensas.
El trauma infantil puede influir en nuestra forma de sentir, relacionarnos y protegernos durante la edad adulta.
Sin embargo, nuestra historia no determina inevitablemente nuestro futuro.
Comprender de dónde vienen algunas respuestas puede ser el primer paso para empezar a relacionarnos con ellas de otra manera.
¿Qué es el trauma infantil?
El trauma infantil puede aparecer cuando un niño vive experiencias que superan su capacidad para comprenderlas, afrontarlas o sentirse seguro ante ellas.
Cuando somos pequeños dependemos de los adultos.
Además, todavía estamos aprendiendo a regular nuestras emociones y entender lo que ocurre a nuestro alrededor.
Por eso, una situación que un adulto podría afrontar con determinados recursos puede resultar mucho más difícil para un niño.
El trauma infantil no depende únicamente de lo que ocurrió.
También importa cómo lo vivió el niño, durante cuánto tiempo ocurrió y qué apoyo encontró después.
¿Qué experiencias pueden relacionarse con el trauma infantil?
Cuando pensamos en trauma durante la infancia, solemos imaginar situaciones muy graves.
Por ejemplo, una agresión o una situación de violencia.
Sin embargo, las experiencias difíciles pueden adoptar formas diferentes.
Entre ellas pueden encontrarse:
- Maltrato físico o emocional.
- Abuso sexual.
- Negligencia.
- Abandono.
- Violencia dentro del entorno familiar.
- Acoso escolar intenso o prolongado.
- Pérdidas importantes.
- Enfermedades graves.
- Separaciones especialmente difíciles.
- Entornos familiares muy impredecibles.
- Situaciones repetidas de miedo o inseguridad.
Esto no significa que cualquier persona que haya vivido alguna de estas situaciones tenga necesariamente un trauma.
Por tanto, debemos evitar conclusiones automáticas.
Lo importante es comprender qué impacto tuvo aquella experiencia en esa persona concreta.
No todo lo doloroso durante la infancia es un trauma
Tener una infancia difícil no equivale automáticamente a tener un trauma infantil.
Todos vivimos frustraciones, pérdidas, conflictos y experiencias dolorosas.
Además, los niños pueden desarrollar una enorme capacidad de adaptación.
El apoyo de otras personas también puede actuar como un importante factor de protección.
Por eso no necesitamos convertir cada experiencia difícil de nuestra infancia en una explicación de nuestros problemas actuales.
La pregunta más útil suele ser otra:
¿Qué aprendí entonces para adaptarme y qué ocurre con ese aprendizaje ahora?
Las estrategias que nos protegieron pueden permanecer
Los niños intentan adaptarse al entorno que tienen.
Imaginemos que un niño crece en un ambiente impredecible.
Quizá aprende a observar continuamente el estado emocional de los adultos.
Necesita saber si alguien está enfadado.
Escucha los tonos de voz.
Detecta pequeños cambios.
Intenta anticipar qué puede ocurrir.
En ese entorno, permanecer alerta puede tener sentido.
Sin embargo, años después puede seguir haciendo algo parecido.
Ahora analiza constantemente a su pareja, compañeros o amigos.
Una pequeña expresión de enfado puede generar mucha ansiedad.
La situación ha cambiado.
La estrategia de protección puede haber permanecido.
¿Cómo puede afectar el trauma infantil en la edad adulta?
No existe una única consecuencia.
Dos personas pueden haber vivido situaciones parecidas y desarrollarse de formas completamente diferentes.
Sin embargo, algunas experiencias infantiles pueden influir posteriormente en áreas como:
- La regulación emocional.
- La autoestima.
- La confianza.
- Las relaciones.
- La forma de afrontar los conflictos.
- La sensación de seguridad.
- La necesidad de control.
- La manera de interpretar el rechazo.
- La capacidad para poner límites.
Además, estas dificultades no son exclusivas del trauma.
Pueden aparecer por muchas otras razones.
Por eso es importante realizar una valoración individual.
Trauma infantil y dificultad para regular las emociones
Durante la infancia aprendemos progresivamente a manejar nuestras emociones.
Al principio necesitamos mucho apoyo externo.
Un adulto nos calma.
Nos ayuda a entender qué sentimos.
Nos ofrece seguridad.
Poco a poco interiorizamos parte de esas capacidades.
Sin embargo, determinadas experiencias pueden dificultar ese aprendizaje.
En la edad adulta puede aparecer una gran intensidad emocional.
También puede ocurrir lo contrario: la persona intenta desconectarse de lo que siente porque algunas emociones resultan demasiado difíciles.
En ambos casos, podemos trabajar para desarrollar nuevas formas de reconocer, tolerar y regular las emociones.
Trauma infantil y autoestima
Nuestra percepción de nosotros mismos también se construye a través de las relaciones.
Un niño todavía no dispone de la perspectiva de un adulto.
Por eso, ante determinadas situaciones puede llegar a conclusiones como:
«Hay algo malo en mí.»
«No soy suficiente.»
«Si hago todo bien, quizá me quieran.»
«Tengo que conseguir que los demás estén contentos.»
Estas ideas pueden continuar apareciendo años después.
Entonces podemos convertirnos en adultos extremadamente autoexigentes.
Buscamos aprobación.
Nos cuesta reconocer nuestros logros.
O sentimos que debemos demostrar continuamente nuestro valor.
Esto no significa que toda baja autoestima proceda de un trauma infantil.
Sin embargo, explorar nuestra historia puede ayudarnos a comprender cómo aprendimos a relacionarnos con nosotros mismos.
Trauma infantil y relaciones en la edad adulta
Las primeras relaciones importantes pueden influir en nuestras expectativas sobre los demás.
Aprendemos si podemos pedir ayuda.
Si expresar una necesidad es seguro.
Si podemos confiar.
Si los conflictos terminan resolviéndose.
O si debemos protegernos.
Años después, algunas de estas expectativas pueden aparecer dentro de nuestras relaciones adultas.
Por ejemplo, podemos tener mucho miedo al abandono.
También podemos necesitar confirmaciones frecuentes.
En otros casos ocurre lo contrario. Nos alejamos cuando alguien se acerca demasiado.
Estas respuestas pueden relacionarse con diferentes procesos, incluidos determinados patrones de apego.
Por eso conviene entender cada caso sin reducirlo todo a una única causa.
Trauma infantil y miedo al abandono
Cuando hemos vivido relaciones tempranas especialmente inseguras, la posibilidad de perder a alguien puede generar una reacción muy intensa.
Un mensaje que tarda en llegar puede generar ansiedad.
Un cambio en el comportamiento de la pareja puede interpretarse como una señal de rechazo.
Una discusión puede sentirse como el principio del final.
Entonces podemos buscar seguridad constantemente.
Sin embargo, esa búsqueda puede terminar aumentando todavía más nuestra ansiedad.
Si esta experiencia te resulta familiar, puedes leer también mi artículo sobre miedo al abandono.
Trauma infantil y necesidad de control
Controlar puede proporcionar seguridad.
Si sabemos qué va a ocurrir, podemos prepararnos.
Por eso, algunas personas que han vivido situaciones impredecibles desarrollan una gran necesidad de anticipación.
Planifican.
Revisan.
Intentan evitar errores.
Necesitan saber qué harán los demás.
A corto plazo, el control reduce incertidumbre.
Sin embargo, también puede generar mucho agotamiento.
La vida contiene inevitablemente una parte de incertidumbre.
Por tanto, trabajar la seguridad también puede implicar aprender a tolerar aquello que no podemos controlar completamente.
“Estoy pendiente de cómo están todos”
Algunas personas entran en una habitación y rápidamente detectan quién está incómodo.
Quién parece enfadado.
Quién está más distante.
Qué tono está utilizando cada persona.
Esta sensibilidad puede parecer simplemente empatía.
Y a veces lo es.
Sin embargo, en otros casos existe una necesidad constante de comprobar si el entorno es seguro.
Entonces dejamos de preguntarnos:
«¿Cómo estoy yo?»
porque nuestra atención está siempre dirigida hacia:
«¿Cómo están los demás?»
Comprender esta diferencia puede resultar muy importante.
Trauma infantil e hipervigilancia
La hipervigilancia consiste en permanecer especialmente atento a posibles señales de amenaza.
Nuestro organismo se prepara para reaccionar rápidamente.
Esto puede manifestarse como tensión, sobresaltos o dificultad para relajarnos.
También podemos anticipar continuamente problemas.
Si durante nuestra infancia necesitábamos estar pendientes del entorno, esta respuesta pudo tener una función protectora.
Sin embargo, mantenerla durante años puede resultar agotador.
Más adelante dedicaremos un artículo específico a la hipervigilancia y la sensación de vivir constantemente en alerta.
Trauma infantil y perfeccionismo
A veces aprendemos que cometer errores tiene consecuencias importantes.
Quizá recibíamos críticas frecuentes.
O sentíamos que obteníamos reconocimiento principalmente cuando hacíamos las cosas bien.
Entonces podemos desarrollar una regla interna:
“Si no me equivoco, estaré seguro.”
Años después, esa estrategia puede aparecer como perfeccionismo.
Revisamos continuamente.
Nos cuesta terminar tareas.
Tenemos miedo a equivocarnos.
Y cualquier error genera una enorme autocrítica.
El perfeccionismo puede tener muchas causas.
Sin embargo, en algunos casos también puede funcionar como una antigua estrategia de protección.
Trauma infantil y dificultad para poner límites
Aprender a poner límites también depende de nuestras experiencias.
Quizá expresar desacuerdo generaba problemas.
Tal vez aprendimos que decir “no” podía provocar enfado o rechazo.
Entonces empezamos a adaptarnos.
Cedemos.
Evitamos conflictos.
Priorizamos las necesidades de otras personas.
En la edad adulta podemos continuar haciendo lo mismo, incluso cuando ya no es necesario.
Por eso, trabajar determinados patrones implica también aprender algo nuevo:
podemos cuidar nuestras relaciones sin desaparecer dentro de ellas.
¿Por qué algunas personas recuerdan poco su infancia?
Esta pregunta aparece con frecuencia.
Sin embargo, debemos ser prudentes.
Recordar poco una etapa de nuestra infancia no demuestra por sí mismo que exista un trauma infantil.
La memoria no funciona como una cámara.
Olvidamos información.
Además, nuestros recuerdos cambian con el paso del tiempo.
Existen muchas razones por las que podemos recordar peor determinadas etapas.
Por tanto, no debemos interpretar automáticamente una laguna de memoria como evidencia de un trauma reprimido.
En terapia no necesitamos fabricar recuerdos ni buscar explicaciones ocultas.
Trabajamos con aquello que sabemos y con las dificultades que aparecen actualmente.
¿Es necesario recordar todo para trabajar un trauma infantil?
No.
La terapia no consiste en realizar una investigación exhaustiva de nuestra infancia.
Tampoco necesitamos encontrar una explicación para cada dificultad actual.
A veces conocemos claramente algunas experiencias.
Otras veces tenemos recuerdos parciales.
Y, en ocasiones, simplemente observamos patrones actuales que queremos cambiar.
Podemos trabajar sobre ellos.
Por ejemplo, podemos abordar la regulación emocional, el miedo al rechazo o la dificultad para poner límites.
También podemos trabajar la autoexigencia o la hipervigilancia.
No necesitamos conocer cada detalle del pasado para empezar a cambiar nuestra relación con el presente.
Trauma infantil y disociación
Ante determinadas experiencias, algunas personas desarrollan respuestas de desconexión.
Puede aparecer sensación de irrealidad.
También puede existir una desconexión respecto a las propias emociones o sensaciones.
Sin embargo, debemos evitar simplificaciones.
La disociación puede aparecer por diferentes motivos.
Por tanto, sentir desconexión no demuestra automáticamente que exista un trauma infantil.
Dentro de este clúster dedicaremos contenidos específicos a comprender la disociación, la despersonalización y la desrealización.
¿El trauma infantil determina quién seré de adulto?
No.
Nuestra infancia influye en nuestro desarrollo.
Sin embargo, influencia no significa destino.
A lo largo de nuestra vida seguimos aprendiendo.
Tenemos nuevas relaciones.
Vivimos experiencias diferentes.
Desarrollamos recursos.
Cuestionamos algunas creencias.
Además, podemos aprender nuevas formas de regular nuestras emociones y relacionarnos con los demás.
Comprender nuestra historia no debería servir para encerrarnos dentro de ella.
Debería ayudarnos a ampliar nuestras posibilidades.
¿Se puede trabajar el trauma infantil en terapia?
Sí.
Sin embargo, el proceso debe adaptarse a cada persona.
No necesitamos empezar hablando de los momentos más difíciles.
Primero podemos comprender qué está ocurriendo actualmente.
También podemos identificar qué situaciones activan determinadas respuestas.
Después podemos trabajar recursos para regular emociones y recuperar sensación de seguridad.
Cuando resulte adecuado, podemos abordar algunas experiencias con mayor profundidad.
Desde una Psicoterapia Integrativa, podemos trabajar juntos aspectos como:
- Regulación emocional.
- Autoestima.
- Creencias sobre uno mismo.
- Hipervigilancia.
- Necesidad de control.
- Miedo al rechazo.
- Culpa o vergüenza.
- Dificultades para confiar.
- Patrones relacionales.
- Límites.
- Experiencias del pasado cuando sea adecuado.
El objetivo no es buscar culpables.
Buscamos comprender qué aprendiste para sobrevivir o adaptarte y qué necesitas aprender ahora para vivir de otra manera.
Comprender no significa justificar todo por el pasado
También existe un riesgo al hablar de trauma.
Podemos empezar a explicar absolutamente todo mediante nuestra infancia.
Y no todo lo que hacemos actualmente procede de ella.
Tenemos personalidad.
Vivimos experiencias posteriores.
Tomamos decisiones.
Aprendemos nuevos comportamientos.
Nuestro contexto actual también importa.
Por eso, comprender nuestra historia debe ampliar nuestra libertad.
No reducirla.
La pregunta no es únicamente:
«¿Por qué soy así?»
También podemos preguntarnos:
“Ahora que entiendo mejor de dónde viene esta respuesta, ¿qué quiero hacer con ella?”
Psicólogo para trauma infantil en Vitoria
Si algunas experiencias de tu infancia siguen influyendo en tu vida adulta, podemos empezar por comprender qué ocurre actualmente.
No necesitamos decidir desde el primer momento si existe o no un trauma.
Podemos explorar juntos qué situaciones generan malestar.
Qué emociones aparecen.
Qué intentas controlar.
Qué relaciones resultan especialmente difíciles.
Y qué estrategias aprendiste para protegerte.
Desde ahí podremos establecer objetivos concretos.
Si quieres conocer mi forma de trabajar este tipo de dificultades, puedes visitar mi página de Psicólogo para trauma en Vitoria.
También puedes leer mi artículo ¿Qué es un trauma psicológico y cómo puede seguir afectándote?
Tu infancia forma parte de tu historia, pero tu historia continúa
Quizá algunas formas de protegerte tuvieron sentido cuando eras pequeño.
Estar alerta.
No molestar.
Controlarlo todo.
Intentar hacerlo perfectamente.
Cuidar a los demás antes que a ti.
No mostrar determinadas emociones.
Aquellas estrategias pudieron ayudarte entonces.
Sin embargo, hoy puedes preguntarte si todavía las necesitas de la misma manera.
Trabajar el trauma infantil no significa borrar nuestra infancia.
Significa comprenderla suficientemente para que algunas respuestas antiguas dejen de dirigir automáticamente nuestra vida adulta.
Lo que aprendiste para protegerte entonces puede comprenderse. Y lo que necesitas ahora también puede aprenderse.
Si algunas experiencias del pasado siguen condicionando tu presente, podemos trabajarlo juntos en consulta en Vitoria-Gasteiz.
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